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2011
Memorias de la Gran Revolucion

New York, 31 de Diciembre de 2008.; 23H59.
El diario de un observador.
Habíamos empezado la organización de nuestra gran revolución a partir de nuestro gran líder, su sobresaliente preparación académica y su paso por los estratos de poder gubernamental -que él había aprovechado magníficamente para allegarse a los círculos de dominio político y económico- ante todo internacionales, nos alentaba de tal manera ya que podíamos contar con toda seguridad con el apoyo irrestricto de esos mecenas ideológicos ávidos de expandir su sistema por la región.
El primer desembarco programado se basó en la conquista política no sólo de las masas sino especialmente de aquellos que por tradición antológica se habían adueñado de la verdad y dominaban la opinión pública; nuestro líder supremo había dicho que si lográbamos conquistar ese bastión hasta la fecha inexpugnable de manera gratuita, el éxito de nuestra toma del poder estaba más que asegurado.
Nuestros asesores internacionales, duchos en estos menesteres, nos prestaron toda su experiencia adquirida a lo largo de dos revoluciones ya instauradas, una por décadas y otra -burda réplica de ella- queriendo configurarse, a través de varios años ya, como perpetua. Utilizaríamos los aciertos y errores de esos dos poderes para captar a la primera intentona revolucionaria el poder tan anhelado, especialmente por nuestro carismático líder, quien se avizoraba para nosotros como una especie de ‘mesías’ libertario y redentor de todos los males de nuestro afligido pueblo y estábamos decididos a todo por proyectarlo de igual manera anta la opinión mayoritaria.
Así, empezamos a trabajar en el resentimiento de las mayorías populares y oprimidas para cimentar la roca base de nuestra revolución. De tal manera había sido en la isla amurallada y en el feudo del coronel. Ellos habían utilizado el pensamiento y acción libertarios de Bolívar y Martí, la lucha desencadenadas por estos mártires patriotas que lo dieron todo, hasta sus vidas, en aras de terminar todo yugo que encadenara y conculcara las libertades de sus pueblos. Lo primero que nos vino a la mente fue pensar en un héroe local, con iguales características patriotas, con igual vida de sacrificios y muerte de martirio para erigirlo como símbolo supremo de nuestra insurrección.
Teníamos una ventaja, nuestro máximo líder, el mesías revolucionario, tenia en sus venas sangre de uno de esos próceres y sobretodo, lo más conveniente, su apellido, entonces por unanimidad decidimos apoderarnos de sus ideas y su revolución para darle un impulso sideral a las nuestras. La idea fue acertada, nos resultó mejor de los que pudimos proyectar, incautamos incluso no sólo a las mayorías paupérrimas, abusadas y oprimidas, sino además a los peces grandes, incluyendo la amurallada prensa y la crema y nafta de la clase media alta y profesional que subyugada a los meritos académicos del gran líder, le daba un constante patada en el trasero a la oposición, condenándola inevitablemente a su sepultura. También tuvimos que pactar con varios de los mismos, había que solventar los pertrechos para la incursión.
Los asesores foráneos nos indicaron crear células familiares para captar casa por casa, familia a familia, la atención de los futuros camaradas, especialmente la de la gente pobre que se contaba por millones. Para esto forjamos una historia, video gravada, de la vida de nuestro líder en la que exponíamos lo mejor de él, su aparente lucha por las minorías, sus méritos cívicos, su formación católica, su breve paso por comunidades étnicas que eran importantísimas por el peso de su fuerza para nuestra revolución. Por su puesto, omitimos su paso por los estratos públicos gubernamentales, su dependencia económica, su inexperiencia en producir algo que se pudiera comer o en manejar algo que pudiera producir riqueza, su gran realidad cimentada únicamente en grandes montanas teóricas y en un deseo tenaz de captación de poder, que creímos firmemente iba a utilizar en bien de la mayoría. Convencidos mucho más que si obteníamos la victoria tendría a su disposición todo los medios de poder, tanto políticos como económicos, que conjugados con su temperamental personalidad y su sagaz ingenio lo harían invencible, el más grande de los grandes.
Como expresé al principio, la roca de nuestra revolución era el resentimiento profundo de un pueblo miserable y oprimido por la corrupción, la pobreza, la falta de empleo y el abuso de los ricos, de los poderosos y del sistema político que sistemáticamente habían venido diezmando sus recursos, década tras década, gobierno tras gobierno. Un pueblo marginado, discriminado y subyugado mientras ellos disfrutaban de excesos y deleites impensables; incluso aquellos que habían logrado escapar a la furia de las mayorías -que ya no era la misma sumisa que aguantaba y aguantaba sin protestar, abusos- vivían en un exilio dorado como sultanes y magnates.
De tal suerte que nuestro líder abría y desgarraba esa herida, su ingenio inventó nuevos nombres a esos poderosos y sórdidos atracadores y el pueblo se deleitó en asimilarlos porque a esos prepotentes les cayó como anillo al dedo y los hacia vulnerables al más humilde. El apoyo de varios baluartes del periodismo, sobretodo televisivo fue de gran importancia, ellos también abordaron nuestro carro de guerra con briosos corceles de revolución. Incluso se parcializaron con nosotros, olvidando su tan mentada imparcialidad y objetividad, formaron la cabeza de playa de nuestra avanzada y desde allí hicieron el acceso inexpugnable a toda la oposición, especialmente porque significaba el pasado corrupto y caduco, que era la denominación que le había endilgado nuestro magnifico elegido, mentor y señor del cambio supremo y anhelado.
Se incorporaron los ideólogos revolucionarios de antología que vieron en nosotros y especialmente en nuestro elegido la consecución de su fallidas luchas, mismas que se habían limitado a un accionar timorato y fracasado alentado de tiempo en tiempo por visitas a la isla y el sueño inalcanzable -hasta ese entonces- del poder revolucionario. Poder que les daría la oportunidad de demostrar a los demás, especialmente a aquellos poderosos que los habían convertido en desterrados por antonomasia, que la revolución era posible y que había llegado el momento de vencerlos para siempre……..
…….continuara……
Francisco Belmonte, es: Rodrigo Montalvo
http://lacomunidad.elpais.com/prosa-en-el-exilio/

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