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2010
La jodida política

Luego de la violenta sublevación policial y de cierto sector militar, la inquietud se centra -entre tantas variables- en el manejo político que ha debido dar el gobierno a semejante entuerto.
Los sucesos del 30 de septiembre no pueden someterse a las interpretaciones que culpan al Presidente Rafael Correa del caos y el terror de ese día. Es claro que la sedición policial rompió los esquemas del ideal democrático de orden y paz social -siempre sujetos al control de una institución represiva- y que tal barullo desnudó, además, la velada índole de los adeptos de la institucionalidad cuando la misma policía, otrora y siempre guardiana del poder, entonces lloriqueaba bonos y medallas mientras era azuzada por sirios y troyanos para que asuma, por fin, su condición de pueblo armado. Tampoco sirve la ternura ideológica de mirar a los chapas como unos desclasados que encarnan las razones de los pobres, de todos los pobres de la patria; porque entender la complejidad de los uniformados en el contexto de nuestras sociedades desiguales y míseras supone ensayar -decenas de- hipótesis que alejarían la comprensión del secuestro del Presidente Correa y la calamidad política que produjo dicho evento.
Los actores que se movieron de cerca y de lejos del motín policial muestran los desniveles del ejercicio de la política entendida como el arte de gobernar y controlar la mayor cantidad de dispositivos que arman la vida social. Y es esto lo que preocupa. Cuando el 2 de octubre yo advertía que tras la buena racha postsecuestro “el régimen de Correa debería evaluar sus relaciones políticas con los distintos sectores que critican su accionar y, en simultáneo, morigerar los niveles de conflicto”, estaba señalando la urgencia de pensar políticamente la crisis no solo con los policías alzados sino con aquellos sectores que divergen del modelo que propone la revolución ciudadana.
Si hay un motivo para detenerse a repasar la política es aquel que admite la complejidad del conflicto y no su condena per se. Por eso sigue siendo crucial que el gobierno revea su contingente político antes de tomar decisiones y acciones.
Sin embargo, como las críticas a lo acaecido el 30 de septiembre se están delimitado -con una estrechez analítica sin nombre- al temperamento de Rafael Correa, bien vale anotar un par de observaciones.
Primero, llama la atención que las críticas de derecha e izquierda se alimenten de criterios moralistas que los hace indistinguibles. Términos como “autoritario”, “dictador”, “prepotente”, “populista”… igual se escuchan de bocas de personajes como Lourdes Tibán, Lucio Gutiérrez, Enrique Herrería o Diego Oquendo. Las balas de la oposición político/mediática disparan sin piedad contra lo que consideran “incorrecto”. (Dicho sea de paso, Lourdes Tibán sí puede ser silvestre y descarriada; pero… se le perdona porque su exotismo indígena ¿será de verdad inclusión? tupe el decorado mediático de la derecha o de la izquierda alternativa…).
Segundo, que la derecha -en sus distintas versiones- se avergüence Presidente Correa por su carácter y sus formas no sorprende. Parte del éxito de nuestras oligarquías y micro burguesías ha sido manejar con tal delicadeza las formas (o sus modales) que sus crímenes parecen un choque de copas en una loca noche de bohemia. Pero que la izquierda utilice los mismos argumentos del contrato liberal parece hilarante. Y es aquí donde el enfoque político asoma otra vez.
Todos sabemos que la oposición de derechas no se opone a la matriz económica que sostiene la revolución ciudadana sino a sus ejecutores de ocasión. Y todos sabemos que la izquierda propugna otro contrato social y económico. La diferencia radica en que sus viejos formatos de hacer política, desde sindicatos, gremios o más recientemente movimientos sociales, patrocinan puntos fijos que no funcionan en la ‘industria’ de la política actual; y es evidente que esta atmósfera de luces opaca o eclipsa la realidad sobre la que debe trabajar la política -cualquier forma de hacer política- y, para peor, la reemplaza por artificios mediáticos. Pero aquí radica la apuesta de cultivar la izquierda política: no tratar de jugar y ganar posturas e imposturas en los banquillos mediáticos por más que, mutatis mutandis, las redes sociales digan que diversificando las opiniones se genera política. El chasco de Antanas Mockus nos enseñó bastante. Pero -por lo que se oye- la izquierda radical no rumia la política sino la militancia per se. Y no está mal si su cometido solo es ideológico; aunque el precio que se pague sea atestiguar cómo el gobierno ejerce la política desde la potencialización del delito, o sea, tachando de legal o ilegal todo acto político que nace de cada protesta social; precisamente porque el discurso del régimen ha cotejado los viejos lemas de la izquierda al aparataje de su paradójica revolución.
En ese contexto la izquierda radical, opuesta al régimen, continúa dispersa y contrariada. Y odia al régimen ni tanto porque éste ejerce la política -en realidad solo ejerce la ley y sus legajos- cuanto porque no sabría qué hacer el rato que alcanzara el poder por alguna vía.
Por supuesto, ejercer la política, desde la derecha o la izquierda, implica asumir que se busca -o se tiene- el poder… ¿O la política, en su traducción ultra, solo es un divertimento para joder a Correa cuando, supuestamente, Correa jode a todos?
Quito, octubre 2010.
Carol Murillo Ruiz

Escrito por Editorialistas -





