Jan
28
2011

Encuentro en Venecia

Eran las nueve de la noche cuando Theta y Alejandro habían salido a babor del barco “Invisible” para mirar cómo se pintaba el alba en el horizonte al filo azul de la lánguida Venecia ciudad embrujada de tantos amores escondidos. Ambos caminaban mirando los cafetines, los restaurantes y decenas de negocios a través de aquellos vericuetos que conducen hasta la Plaza de San Marcos por esos días mojada por una garúa intermitente que caía sobre nuestras capuchas adquiridas en una tienda especializada para las estaciones vénetas.

Alejando y Theta se sentaron en una mesa mientras una mesera alegre les servía el lomo de cerdo al carbón, papas chorreadas en yema de codorniz y una taza de café cortado acompañado de pasteles de mil hojas. Ambos viajaban con destino incierto llenándose el espíritu libre pero idílico con lecturas de Virgilio autor de Las Bucólicas con su decena de églogas. Por eso quizás el paisaje les parecía pastoril y ciudadano durante su alegre estadía en un hotel ubicado a un costado del “puente del beso”.

Mientras ellos escuchaban los conciertos de la Plaza de San Marcos, justo se volvieron a encontrar con los artistas amigos de viaje: David Cavett presentador inglés que mantenía su programa en los Estados Unidos; junto a Susan Sullivan, principal actriz de “Falcon Crest” y Galo Vaca Acevedo [foto] por esos tiempos “researcher” de la Sorbona de visita a la Universidad de Venecia en búsqueda del profesor Giuseppe Bellini.

Alejandro y Theta una odalisca griega, continuaron el camino de los grandes romances; alquilaron una góndola a orillas del puerto y siguieron su rumbo hasta desaparecer entre la niebla acompañados del gangueo fogoso del acordeón del gondolero que parecía caminar sobre las aguas cubiertas de un vaho húmedo que servía de escondite amoroso en este paraíso con agua y sin tiempo.

Yo me encontré con Alejando y Theta en el buque “Invisible” que iba con rumbo a las islas griegas cargado de tripulación extranjera. Los viajeros eran en un treinta por ciento de “turistas ilegales” ecuatorianos, venezolanos, colombianos, africanos, cubanos y de otros países “jonkiados” por sus gobiernos de dictaduras -según ellos- que iban a desembarcar en la oscuridad, cuando ancláramos en algún puerto italiano. Era la madrugada cuando zarpó nuestro barco del puerto de Palermo y tres mujeres ecuatorianas se quedron en tierra; habían dejado a sus esposos y familiares en su país; horas antes, habían llorado blasfemando su patria y su suerte al despedirnos en el “Café del Puerto”.

El aire tibio, el olor a salitre y a mariscos recién sacados del mar Tirreno, nos envolvían en una atmósfera plagada de misterios entre camarotes, corredores y cuartos de empleadas y grumetes que viajaron por estas aguas de insondables secretos. Las canoas, yates, y barcos de pesca ondulaban graciosas sobre las olas que acarreaban algas marinas, desperdicios de continentes inmundos circundaban este buque embriagado de tantos mareas que golpearon su ancla, áncora que salvó a tantos ilegales naúfragos.

La inmensidad del crucero se parecía a una enorme ballena azul a la que habían vaciado por el lomo. Ella, la embarcación se balanceaba con su cuerpo inmerso en un océano color azulañil-esmeralda, donde dicen que al fondo duerme un Continente denominado Atlántida con pueblos y gente que aún duermen su siesta eterna.

Escribe: Galo Vaca Acevedo

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Sobre el Autor: Editorialistas

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